Ciudades sostenibles: claves para hacerlas posibles

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Ciudades sostenibles: claves para hacerlas posibles

La sostenibilidad urbana no es sólo una cuestión de calidad ambiental, sino el resultado de una compleja interacción trilateral entre el entorno ambiental, el económico y el social. El entorno ambiental es el relativo a los recursos físico-naturales y construidos. El entorno económico incluye todos los aspectos relativos a la producción, el consumo, la inversión, el comercio exterior y la actividad de los diferentes sectores productivos. El entorno social tiene que ver con la calidad de vida de los ciudadanos, el acceso a la vivienda y a los servicios, al empleo y a un nivel aceptable de renta.

Los flujos urbanos –generados por la demanda de energía y otros materiales, así como por las emisiones de gases y la producción de residuos– están en la base de los problemas ambientales urbanos. A pesar de los avances en materia de eficiencia energética y de reducción de emisiones por unidad de volumen, las ciudades europeas han incrementado el consumo de recursos naturales (combustibles fósiles, agua, electricidad, alimentos, materiales de construcción y otros para el transporte, la industria y los usos residenciales). Además, se observa también un incremento en el volumen de emisiones provenientes de los vehículos de motor, la combustión de gases y la producción de residuos sólidos; aunque los programas de reciclaje se están expandiendo notablemente.

Evidentemente, estos fenómenos son una obvia consecuencia del aumento en el nivel general de la actividad urbana y de los cambios en los estilos de vida, que se traducen en aumentos de la demanda energética del sector residencial. La densidad de población, la estructura demográfica y los usos del suelo determinan la movilidad personal y las necesidades de transporte, que subyacen a la realidad de múltiples problemas ambientales urbanos.

La descentralización económica y demográfica hacia la periferia, la separación de las funciones urbanas residenciales / comerciales / industriales y recreativas y la configuración de ciudades difusas o dispersas de baja densidad (frente a las tradicionales ciudades compactas de mayor densidad) determinan un mayor consumo energético, una menor eficiencia en la utilización de los recursos, mayores desplazamientos y distancias recorridas y nuevos requerimientos de superficie de suelo.

En este sentido, el boom inmobiliario español es un ejemplo paradigmático de un proceso de urbanización con una tasa de crecimiento de suelo edificado no sólo muy superior a la media europea, sino de insostenibilidad ambiental y de ruptura manifiesta con el modelo urbanístico tradicional de perfil más concentrado.

El consumo urbano de energía –combustibles fósiles–, por su contribución a la contaminación atmosférica, es la mayor amenaza para la calidad ambiental de las ciudades. En este sentido, cabe observar un fuerte crecimiento del consumo urbano de energía, un incremento previsible del mismo todavía considerable –supuesto una evolución similar a la de los países de nuestro entorno– y, dato importante por mostrar la potencialidad de eficiencia energética urbana, los aumentos de dichos consumos energéticos son más intensos en el conjunto de los países que en las ciudades (tanto en España como en la UE).

En consecuencia, la calidad del aire en España es muy deficiente. Nueve de cada diez españoles respiran en su ciudad aire que pone en peligro su salud. España incumple desde el año 2010 los criterios y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en materia de dióxido de nitrógeno. Este incumplimiento se presenta sobre todo en las ciudades metropolitanas entre las que se encuentran Madrid, Barcelona, Valencia, Murcia y Granada. La principal fuente de contaminación atmosférica es el tráfico rodado, que sólo se puede resolver con la reducción de los modos de transporte motorizado, la disminución de la necesidad de movilidad y la potenciación del transporte público.